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Yo quería una bicicleta de carreras. Mi padre tenía una bicicleta que no era de carreras. ¿ Por qué no era de carreras?. Pues por una razón muy clara: tenía el manillar plano cuando todo el mundo sabía que el manillar de carreras era bajo, es decir, que se retorcía por los lados hacia abajo, que es donde se cogían los ciclistas para el sprint ¡hostia!. El de mi padre era totalmente plano. ¿Porqué mi padre que iba y volvía en bicicleta a Tarragona en un domingo —¡ a Tarragona!—no tenía una bicicleta con el manillar como el de sus amigos o sea de carreras?. Pues porqué mi padre era un hombre de principios y el manillar plano era un símbolo. Sí señor, un símbolo. Él había dejado de hacer carreras un buen día y desde aquel puto día se había cambiado el manillar de la bicicleta: un manillar plano para que todos supieran que ahora ya no hacía carreras sino que sólo iba de excursión—o como máximo a buscar pan de estraperlo al Ordal—pero no carreras. ¿Y yo que culpa tenía?. ¿Por qué me humillaba delante de los amigos con aquel manillar de lumpenproletario en lugar de llevar uno de Fausto Copi
Mi padre era así: un puro. El Mijares era un chuleta del barrio que tenía dos años más que yo y un padre más pobre que el mío pero de otra raza. Quiero decir, de aquellos padres que no tenían ni para comer pero tenían un aparato de radio de cojones y un reloj de pulsera que pesaba medio kilo. Total, que su hijo, el Mijares—que no era ciclista ni nada—tenía una bici de carreras con el manillar que yo soñaba. ¡Que rabia!. También tenía Campanolos o sea, unas palanquitas chulas en las ruedas para cambiarlas rápido en plena carrera mientras las bicis de los demás matados del barrio tenían palomillas. Más rabia. Todas las chavalas del barrio estaban pirradas por el Mijares. Al final mi padre—¡qué cojones iba a comprarme una bici de carreras!—me pasó la suya con el manillar plano. Que dilema: bicicleta sí, pero... con aquel manillar... ¿Qué podía hacer yo?, Aquí empieza la historia interminable. Yo inicio, desde aquel momento, un proceso—un calvario—con los siguientes referentes: a) no puedo competir con Mijares con la mierda de manillar que me ha dejado mi padre, b) no puedo comprarme un manillar nuevo, c) pero me puedo fabricar uno. En el pueblo de mi madre—La Canonja—mis parientes payeses tenían un desván abarrotado de trastos y entre ellos—¡sí!—un manillar oxidado. Era un manillar extraño, mitad carreras mitad no, ya que si bien no era plano del todo, tampoco era bajo del todo, es decir, era un entremedio y eso era porqué tenía cincuenta años y en esa época por lo visto los manillares eran así—lo confirmé unos años más tarde en unos cromos de chocolate antiguos—Me lo regalaron—.Comprendí que era un manillar de media humillación; algo habíamos ganado. Solución 1 al primer problema: me dirigí al cerrajero del lado de mi casa y haciendo palanca con un pie de cabra torció las puntas del manillar hacia abajo. Quedó como plegado, con arrugas... yo quería llorar, pero el cerrajero me dijo que no había para tanto, que podía pasar y que, además, siempre lo podría disimular con aquel esparadrapo que ponían los ciclistas. Segundo problema: estaba absolutamente oxidado. Esto sí que Mijares y sus novias no lo perdonarían. ¿Qué hacer?. Resulta que lo contrario de oxidado, en un manillar, era niquelado. NI-QUE-LA-DO, la sola palabra ya sonaba a caro. Niquelado formaba parte de todo aquel conjunto de palabras que todos, todos los vecinos y vecinas de la escalera, asociábamos con imposible—quiero decir palabras como pavo, champán, tren eléctrico, etc.—¡Niquelado! Incluso la misma palabra deslumbra. Solución 2: yo mismo niquelaría el manillar. Mi padre tenía un amigo de la tribu de los paupérrimos-autosuficientes-forzados que tenía un libro que se llamaba—¡atención!—Galvanostegia y Galvanoplastia. ¡Lo juro, se llamaba así!. Me lo prestó. Allí explicaba que lo primero que se necesitaba era una pila enorme. ¿Dónde había pilas enormes?. Yo que sé!, además si se encontraban en venta seguro que formaban parte del grupo prohibido niquelado-pavo-champán, etc. Problema 3: necesitaba hacerme, construirme, una pila enorme. El libro lo explicaba. Perfecto. Fui a Can Gol—droguería oficial del barrio—250 grs. de Crémor Tártaro, 450 grs. de Potasio, 500 gr. de Clorato de Hiperboríto y también un carboncillo. También necesitaba un carboncillo—una especie de barra de carbón macizo—que, la verdad, no recuerdo como cojones lo conseguí, pero lo conseguí. Sólo faltaba lo más difícil: un bote de zinc. Sí, como el de las pilas de las linternas, pero enorme. Me lo fabricó el Sr. Juan del piso de arriba que era tornero ajustador—aún hoy me pregunto que tiene que ver un tornero ajustador con un bote de zinc, pero me lo hizo él y además muy bien hecho, entonces todos sabían hacer de todo, parecía—Ahora debía sumergirse el manillar en un cubo lleno de una solución de Sales de Níquel, conectarlo a la enorme pila que me acababa de construir y dejarlo durante dos o tres días. Así lo hice. El resultado fue patético. El puto manillar quedó cubierto de una especie de cosa verde que cuando pasabas el dedo... se marchaba dejando al descubierto el óxido anterior. No havia funcionado. ¡Oh
Yo no tenía manillar de carreras, el cubo se quedó allí con las sales de níquel y mi padre me decía cada noche: saca esa mierda de ahí. En una primera reacción no quise darme por vencido, pero los días iban pasando, el tono de mi padre iba subiendo, y mi madre no paraba de decir : pobrecito. El Mijares continuó circulando por la calle con las chavalas alucinadas y yo lo miraba desde el balcón cautivo y desarmado. Yo nunca tuve una bici de carreras y el Mijares acabó tirándose a la Piga—aunque después tuvo que casarse con ella—peor para él. Al cabo de tantos años, pensando en esta historia, a veces me vienen tentaciones de sacar conclusiones positivas; que si el esfuerzo, que si los conocimientos acumulados. ¡Qué va!. Es verdad que aprendí lo que era Galvanostegia y Galvanoplastia... pero, ¿Y qué? Nada de aquello sirvió para nada. Sólo una cosa; desde entonces tengo claro el significado de la palabra Ciencia: la Ciencia es el proceso largo y doloroso en que se han enfrascado los seres humanos por culpa de los pobres. Los ricos nunca han estado para tantas hostias, siempre ha había quien les solucionaba el problema.
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